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Cristianismo y homosexualidad

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MIRADA GAY

Como la sensibilidad de cada uno, la sexualidad es también un filtro a través del cual se accede a una experiencia estética. Conscientemente o no, tiñe nuestras opiniones y nuestra mirada. La homosexualidad, como fenómeno particular, genera una mirada igualmente particular. Las páginas que siguen tratan justamente de desnudar qué es propio de tal punto de vista, así como también de denunciar sus propios clisés.


El cine gay (o cine queer) es un movimiento esencialmente político. Aparece a mediados de los ochenta junto con otras expresiones minoritarias -el cine realizado por la comunidad negra, por ejemplo- que repiten, voluntaria o involuntariamente, la experiencia feminista. También la representación de la homosexualidad en la pantalla es un fenómeno reciente (es interesante advertir cómo el lesbianismo -tan aceptado en la pornografía heterosexual masculina- aparece mucho antes que la homosexualidad masculina).

Confusa como cualquier novedad, puede parecer un fenómeno aislado. Pero el queer y los personajes gays no nacen de un repollo: previa a ellos, hay toda una historia (escondida) del cine homosexual. Una historia armada de fragmentos, susurros, sobreentendidos y datos anecdóticos.

Leer esa historia es, si se quiere, hacer crítica gay o aportar una mirada homosexual del cine.

La pregunta, entonces, es quién le pone el cascabel al gato. No porque sea una empresa demasiado difícil, sino porque es difícil posicionarse para llevarla a cabo. Son notas que se escriben de manera indirecta, desde la tangente: o bien el autor borra toda subjetividad, con lo cual deja a su persona fuera del juego; o bien insinúa, hace guiños, pero termina pateando la pelota afuera.

No creo que esté bien hacer esto. Cuando se derogó el código de convivencia, los policías se sacaron las ganas y pudimos ver por televisión cómo reprimían a palos a los travestis. Los noticieros osaron titular "los travestis generaron disturbios" y nadie movió un dedo. En un país así, coquetear con el tema es cínico e irresponsable: mientras las cosas no cambien, ser homosexual no es en absoluto una característica accidental (como ser castaño, flaco o tener x años). Porque me piden que "disimule" en una fiesta, porque me tengo que bancar que se considere el "más progre" a un programa que tiene cinco o seis referencias homofóbicas por emisión (CQC), porque no puedo besar a mi pareja en la vía pública sin dejar de pensar que es riesgoso para mi integridad física. Si lo soy o no lo soy es de algún modo una cuestión. Lo soy.

Sensibilidad homosexual. Hay un mito consolidado en el imaginario colectivo según el cual los homosexuales poseemos una sensibilidad peculiar, distinta y mayor que la sensibilidad masculina promedio. Para fundamentarlo, se recita sin empacho una larga lista de artistas homosexuales -lista que suele encabezar (o coronar) Miguel Angel- y se la contrasta con una más larga lista de energúmenos heterosexuales. Sin embargo, el hecho de que homosexuales de nombre Miguel Angel se dediquen a la peluquería y no tengan en sus horizontes ningún tipo de aspiración estética (más allá de la cabellera de sus clientes, se entiende) desmiente tal operación.

Este mito está ligado a la clásica concepción del hombre como ser material y de la mujer como ser espiritual, y se basa en la idea de la homosexualidad como intersexo. El varón homosexual no es un hombre, está a "mitad de camino", por lo que accede a la espiritualidad femenina así como la lesbiana se masculiniza. En realidad, detrás de tanta materialidad masculina y espiritualidad femenina reside una interpretación arcaica de la fortaleza y la debilidad, que asigna los ámbitos exterior e interior, de la vida pública y de la domesticidad, respectivamente.

Real o no -y aquí el tema se complica- esta construcción termina reflejándose de un modo efectivo en los roles desempeñados en sociedad. Así como las chicas de Utilísima asumen el lugar doméstico como el lugar propio de la mujer (y lo predican), Federico Klemm se adjudica el prestigio de la tan mentada sensibilidad estética homosexual. Se parte de presupuestos en sí falsos, que terminan haciéndose funcionales en tanto el estigmatizado utiliza el estigma como método de reconocimiento. Un poco como si en la isla griega de Lesbos se hiciese el desfile del orgullo heterosexual.

Dado, entonces, que los homosexuales compramos complacidos este buzón de la sensibilidad, terminan apareciendo constantes que conforman un "discurso estético homosexual" relativamente compacto. Al hablar de una estética homosexual "escondida" nos referimos concretamente a Murnau, Wyler, Whale, Ophüls, Cocteau, Visconti, Losey, Pasolini, Fassbinder, Almodóvar (teniendo en cuenta su negativa a inscribirse en el movimiento del cine queer) y otros.

Estética homosexual. A primera vista, impacta el marcado y predominante gusto por el barroco, por la exuberancia y la voluptuosidad de lo material en el encuadre. Barroco también en el sentido no realista de la propuesta: estas cinematografías se construyen sobre ámbitos extraños, enrarecidos (incluso los más "naturalistas", al estilo de las salas burguesas de Vermeer que parecen contener el infinito). Se habla de "artificialidad", calificativo con el cual, en parte, se puede estar de acuerdo. De todas maneras, conviene no pecar de ingenuo y tener presente que "artificial" responde, ante todo, a los imaginarios en torno de la operación que realizan transexuales y transformistas para construir una mujer. Cuando un crítico usa esta palabra, por lo general nos revela que para él este cine solo puede ser un cine de plumas, polveras y lentejuelas (como lo es, en efecto, el de Ken Russell en sus malas películas).

Enrareciéndolos aún mas, los ámbitos están siempre expuestos desde vínculos -principalmente familiares y amorosos- en tensión, focalización que impone la particularidad de las situaciones e inhibe una mirada general. La consecuencia sustancial es el rechazo de la épica y la exaltación de cierto tipo de melodrama que, contrario al de buenas muchachas que conquistan al caballero de sus sueños, tiene tintes amargos y pesimistas, llegando a veces a la exploración de la tragedia (Pasolini). La representación de universos decadentes, paradigmática en Visconti, se vuelve un tópico. El conflicto -que con frecuencia es la aparición de algo distinto- no altera un orden ideal, sino que, a modo de catalizador, precipita y revela fisuras ya existentes.

Todos estos directores tienen una relación fluida con las demás artes, en especial con la literatura y el teatro. Así como Ophüls abrevó en Maupassant, Zweig y Goethe, y Pasolini encontró su material en Sófocles, Eurípides y Bocaccio, Cocteau y Fassbinder eran, en sus comienzos, directores de teatro. Greenaway y Zeffirelli fingen hacer algo parecido con Shakespeare, la pintura, la ópera y el tutti-fruti. El gusto por el mal gusto y por el kitsch -caro a Russell, Almodóvar y Polaco- es un fenómeno reciente, en parte heredado del pop warholiano, si bien pueden encontrarse algunos rastros primitivos en el trabajo de James Whale.

Homoerotismo. A contramano (cuando no) del esquema políticamente correcto del gay representado por Rupert Everett -Sidney Poitier de los gays, como bien señala Todd Haynes (ver EA nº 86)-, los homosexuales no somos ángeles asexuados. Tampoco todo lo contrario, como intentan instalar los discursos de derecha. Simplemente -y es increíble tener que aclararlo- somos personas que, como cualquier otra, tienen deseo y actividad sexual.

La iconografía que más directamente se relaciona con este deseo es la del deportista, la del atleta. Llegados por primera vez al cine desde el vaudeville, mitologizados de la mano de Maciste (Cabiria, 1914), los forzudos continúan en pantalla hasta nuestros días (Stallone, Schwarzenegger, Jean-Claude Van Damme).

Esta vinculación, nacida en la Antigua Grecia, se extiende y abarca a los bailarines. Si alguien ha resuelto -me arriesgaría a decir, voluntariamente- este nexo iconográfico entre Grecia, el deporte, la homosexualidad y los cuerpos de baile, ese alguien es Howard Hawks, y lo hizo en una única escena: el cuadro del equipo olímpico con Jane Russell en Los caballeros las prefieren rubias vale por todos los videoclips de los Village People que habrían de venir varias décadas después.

Cuando esta iconografía del cuerpo fuerte se extrema y se pone en tensión -volviéndose sadomasoquista-, incluye a las fuerzas represoras (Esparta). Fuerzas que se construyen a sí mismas a partir de un componente homosexual velado. Como puntualiza Slavoj Zizek: "la homosexualidad (no es) una amenaza para la llamada economía 'fálica y patriarcal' de la Armada, sino que, por el contrario, la Armada depende de la homosexualidad frustrada y/o negada en tanto componente clave del vínculo masculino entre los soldados." De aquí a la eternidad no es uno sino dos melodramas: uno de ellos, protagonizado por Burt Lancaster y Deborah Kerr, heterosexual; el otro, triangular, homosexual y sádico, protagonizado por Montgomery Clift, Frank Sinatra y Ernest Borgnine.

El anverso de esta moneda sadomasoquista es el suplicio: la representación del que recibe el castigo, del cuerpo sobre el cual se descarga la fuerza.

Hay una estrecha comunión iconográfica entre homosexualidad y martirio, particularmente el cristiano. Desde la pintura renacentista -donde la crucifixión era una excusa para abordar el cuerpo desnudo- hasta The Garden de Derek Jarman, las escenas de la Pasión de Cristo cobijan múltiples signos que derivan en lecturas ambiguas, llegando al extremo cursi y masturbatorio de Zeffirelli (aclaro para no ofender a nadie: no me refiero aquí al tema ni a la historia, sino a la iconografía que la rodea).

Para Sadoul, la Pasión de Cristo -llevada por primera vez a la pantalla en 1897- es el primer gran drama del cine. En tanto comienza a prescindirse del plano general y la cámara gana proximidad con el cuerpo agonizante (y, al mismo tiempo, extático), el homoerotismo cobra mayor relevancia. Es notable la desnaturalización de la figura de Cristo que debe llevarse a cabo para construir una pasión iconográficamente heterosexual, como ocurre en La última tentación de Cristo de Martin Scorsese.

¿Pero entonces toda representación del cuerpo masculino es homoerótica? No, pero sí lo es toda representación masculina del cuerpo masculino dentro de la cultura occidental. ¿Cómo? Además de basar su representación del cuerpo en la escultura grecorromana, donde hay un homoerotismo intencionado y consciente, nuestra cultura es machocéntrica. Cuando los hombres toman como objeto de representación el cuerpo femenino, lo construyen desde su deseo, dando origen a un erotismo para sí. Cuando el objeto es el cuerpo masculino, manteniendo el esquema patriarcal, no pueden si no admirarse a sí mismos, y en esa trampa narcisista se origina el homoerotismo, ya que un hombre que se admira a sí mismo no deja de ser un hombre deseando a un hombre.

La representación del cuerpo masculino no está pensada para excitar a la mujer, el erotismo construido para la mujer "pasa por otro lado", es "más sutil". Los hombres han construido una mujer "espiritual" y le han construido un "erotismo espiritual" centrado no en el cuerpo, sino en el poder (el hombre es más deseable si es más "material").

Corresponderá al cine femenino, en un futuro, encontrar una representación del cuerpo masculino para las mujeres.

Antes de bajar la persiana. ¿Y el western? Algunos afirman que el duelo bajo el sol, ese intercruce de pistolas, debe entenderse en términos de una relación sexual. Personalmente, no comparto la idea. El objeto de esa situación no es el cuerpo masculino, sino el arma y la habilidad para manejarla: el western se trata de muchachitos púberes disputando quién la tiene más grande.

Como mucho experimentarán, se intercambiarán las pistolas, se enseñarán unos a otros cómo manejarlas y a dar un buen disparo. Pero esos elementos ambiguos y contradictorios no constituyen homosexualidad ni heterosexualidad, sino una gran nebulosa indefinida de deseo que comienza a ser explorada y orientada. El cowboy es un gran solitario.

El duelo, por último, es un rito iniciático, la disputa viril al entrar en la época del celo, comparable a las peleas que sostienen monos, ciervos y machos de otras especies por la hembra (de la respectiva especie, que para confusión ya tuvimos bastante).

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